Pero en la sequedad arraiga el pino
crecido desde ella hacia el libre viento
que ordeno y digo con unas pocas letras
de una breve y eterna y muy noble palabra:
me alzo cual viejo tronco sobre la vieja mar,
sombreo y guardo el paso de mi senda,
reposa en mí la luz y calmo ya la noche,
torno la dura voz en desnudo peñasco del canto.
(1980)
Traducción: Miquel Pujadó
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.