La sombra de los años

por Salvador Sostres el 05/02/2007 

Es un disco precioso. Podemos hablar de Cataluña y de Valencia, de Països Catalans. De diferencia generacional, de la promesa de tus canciones, de qué hacía yo cuando tenía tu edad. Pero lo que ayer presentaron en Barcelona Lluís Llach y Feliu Ventura fue, por encima de todo, un disco precioso. Que no s'apague la llum no es sólo un encuentro de dos que hacen dúos, un cantante consagrado y uno de joven que empieza: es el testigo de un aprendizaje mutuo, y aunque no haya ninguna canción inédita se puede decir sin mentir que todas las canciones son nuevas.

A menudo en las ruedas de prensa del Lluís Llach, y ayer no fue una excepción, la política es el único tema sobre el cual preguntan los periodistas. Es el estúpido prejuicio de los acomplejados de siempre que reducen el mundo a sus límites culturales y mentales, y que por la simple causa de que Llach o Ventura son catalanes los tratan sólo en cuanto que problema y con una condescendencia que al cabo se vuelve rendición incondicional cuando vienen artistas extranjeros (sobre todo los españoles) sin ningún interés musical a consignar. Digámoslo claro: no hay en Europa demasiados compositores del nivel de Lluís Llach, del buen gusto del señor Llach, de la obra que tiene a sus espaldas el señor Llach. Viene siendo sensacional el número que por ejemplo se organiza cuando Sabina saca disco nuevo, y a mí Sabina me parece muy bien, pero escucha: el talento del uno y de el otro no se puede ni comparar si hablamos seriamente.

Y sí, claro que Lluís Llach y Feliu Ventura se sienten cómodos hablando de política, y han hecho las canciones que han hecho, y sostienen las militancias que sostienen, pero es rebajarlos a panfleto olvidar que hemos venido a presentar un disco y no una manifestación. Tiene mucho de militante y de rebelde, este disco, pero tiene todavía mucho más de hermoso. Si ens queda la cançó (Feliu Ventura) es el tema que abre el disco y que se desliza sobre una melodía bellísima y delicada, la armonización de las dos voces y de los dos estilos musicales, "no se pueden apagar las olas/ si nos queda la canción" y "nuestra lengua es nuestro transporte". Ayer no estábamos delante de dos soldados, sino delante de uno de los mejores compositores del momento y de un alumno aventajado que lejos de acurrucarse ante la majestuosa grandiosidad del maestro ha aprendido muy rápidamente y ha hecho aprender al Lluís matices, ritmos, claridades que antes no tenía. El señor Llach estaba pletórico de presentarnos su apuesta, y Feliu Ventura radiante de felicidad hasta el punto de decir que "vaya como vaya mi carrera ya por siempre podré decir que he grabado un disco con Lluís Llach".

Todo empezó hace algo más de un año, en un concierto que les propusieron hacer juntos en el antiguo Palau dels Esports de Barcelona. Cada cual escogió el repertorio del otro y los dos trabajaron juntos unas canciones y las otras. La experiencia fue lo suficientemente estimulante como para plantearse de hacer la gira que acabará de aquí a unos días en Valencia y que les ha permitido constatar "que los Països Catalans sólo son un problema cuando habla una determinada clase política, porque cuando hemos ido a cantar al País Valenciano hemos llenado sin ningún problema teatros de mil y dos mil personas y había suficiente con subir al escenario y cantar para desvanecer cualquier duda sobre si catalán y valenciano son o no la misma lengua".

Resultan especialmente encantadoras las nuevas versiones que el disco presenta de tres clásicos de Lluís: El bandoler, No abarateixis el somni y Aprendre. Con respecto a las canciones que aporta Feliu Ventura, los tres temas más remarcables, además del que ya hemos hablado antes, me parecen Lloc 2, Com la pell de la bresquilla i Que no s'apague la llum.

Miren, para qué nos hemos de engañar: ni soy de izquierdas, ni soy ecologista ni en los principales conflictos mundiales creo que las víctimas sean las que Lluís y Feliu dicen que son. Quiero decir que no sobrevaloro Lluís Llach por su ideología, y muchas veces cuando escucho determinadas letras de su obra completa, como por ejemplo la de la canción Palestina, me imagino que la canción va de cualquier otra cosa o en el sentido contrario porque no puedo evitar encontrar maravillosa la música. Feliu, si es que esto es posible, es todavía más de izquierda que Lluís, y más ecologista. No saben ustedes los disgustos que en algunos conciertos me han dado diciendo lo que dicen cuando presentan las canciones. Por lo tanto, cuando les digo que estamos delante de un disco precioso lo digo por la emoción que producen la belleza de las 13 canciones que incluye el álbum y la manera como son interpretadas. Y entonces es una barbaridad que despachemos sobre todo a Lluís (que pase también con Feliu es sólo cuestión de tiempo) con la etiqueta de la protesta y que la mayoría de las veces no nos molestemos ni en escucharlo.

Que no s'apague la llum demuestra que si bien Cataluña ni políticamente ni económicamente no puede compararse con ningún país mínimamente sólido, culturalmente somos plenamente competitivos, la música que se hace hoy en Italia, Francia o en los Estados Unidos no es mejor que la que hacemos aquí. Ni la música, ni la literatura, ni la cocina: algunas veces lo mejor es americano, en otras italiano y en otras catalán, y más o menos en la misma proporción. La diferencia no es el talento: es que en Francia no hay nadie lo suficiente analfabeto como para menospreciar a Brassens. Y aquí le perdonamos la vida a Llach o a Maria del Mar Bonet. Y así estamos nosotros y así están ellos.

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