Gira americana
Emoción, mucha música y danza, en la noche de Tinariwen
El grupo de Mali Tinariwen desplegó todo su arsenal de blues desértico en el Niceto de Buenos Aires en una noche en la que, más allá de cantar en su lengua nativa, demostró que el mensaje de paz y libertad trasciende las fronteras del idioma y puede ser transmitido a través de las guitarras.
El grupo de Mali Tinariwen desplegó todo su arsenal de blues desértico en el Niceto de Buenos Aires en una noche en la que, más allá de cantar en su lengua nativa, demostró que el mensaje de paz y libertad trasciende las fronteras del idioma y puede ser transmitido a través de las guitarras.
Tinariwen en el Niceto de Buenos Aires.
Télam | Agustín Argento - Formado a fines de los '70 por Ibrahim Ag Alhabib (guitarra y voz), estos malíes fueron una pieza fundamental para mantener viva la llama de los tuaregs, la tribu del norte de Malí, en el desierto del Sahara, que hoy lucha por ser respetada por los diferentes gobiernos que rodean su vida nómade.
Así, uno puede entender el agradecimiento final que el quinteto tuvo con el público y, seguramente, con la vida en general: luego de pasar por guerras civiles (Alhabib vio cómo ejecutaban a su padre en una de ellas), hoy se encuentran girando por el mundo, grabando discos en California y París y, por si fuera poco, obteniendo un Grammy como mejor banda en "World Music".
Y queda claro que lo de los músicos no es una postura ni una "lookeada" para las fotos y las promociones, como puede suceder con algunos occidentales que, con un viaje a Machu Pichu a cuestas, comienzan a componerle a la Pacha Mama como si fueran quichuas o aimaras.
Por el contrario, la misión de Tinariwen es la de difundir la voz tuareg a lo largo y ancho del mundo, tal como le dijo su lungo bajista, Eyadou Ag Leche, a Télam antes de iniciar la gira sudamericana que los llevó a Colombia, Ecuador, Chile, Argentina y Brasil, con entradas agotadas.
A las 22.35, bastante más tarde de lo anunciado, Leche, Abdallah Ag Alhousseyni (guitarra y voz), el percusionista Said Ag Ayad y el guitarrista Elaga Ag Hamid subieron al escenario y comenzaron a darle forma a una noche que se preparaba para convertirse en un ceremonial baile de comunión entre público y banda.
Ataviados con sus túnicas y turbantes, los maestros de ceremonia estaban vestidos de gala para un evento que fue especial desde el primer segundo, cuando Alhousseyni se acercó al micrófono y preguntó en francés "Cómo se dice ´Merci´, ¿´Gracias´?", y arrancó aplausos con gritos de aprobación.
En ese instante, el carismático líder se dio cuenta de que tenía a la gente en la palma de su mano y repitió, casi como un mantra bizarro, lo único que sabía pronunciar en inglés: "¿Están felices? ¿Está todo bien?"; y en español: "Muchas gracias".
Luego de cuatro canciones, durante las cuales sobresalió la velocidad y el buen gusto de las manos y muñecas del percusionista Ag Ayad, emergió del fondo, con las paredes de ladillos a la vista como somero paisaje, la sorpresa de la noche en la figura del fundador Alhabib, quien desde hace varios años no se sumaba a las giras de Tinariwen.
Por un lado, Ibrahim es un líder dentro de su comunidad, por lo que las responsabilidades se encuentran más junto a su pueblo y no tanto al lado de sus compañeros de banda; por el otro, como explicó el bajista, "Tinariwen es la voz de los tuaregs, así que no importa tanto quién esté tocando, sino el mensaje que transmite".
De túnica celeste, al igual que Leche y Alhousseyni, pero sin turbante, los rulos del fundador bamboleaban sobre su cabeza al ritmo de ese blues minimalista que supo crear en el desierto, gracias a un vecino de la comunidad que le enseñó a tocar la guitarra.
Mientras Ibrahim se hacía dueño del centro del escenario junto a una guitarra, Alhousseyni se paró a su derecha, bailando de adelante hacia atrás, con hipnóticos movimientos de manos y agitando la tira del turbante que colgaba sobre su pecho, provocando a la gente tanto para rítmicos aplausos como para saltar y bailar.
Los dos líderes del grupo, ambos guitarristas y voces principales, se turnaron para dejar el escenario, así fuera en medio de una canción, demostrando que ellos mismos hacen bandera de una de las premisas del grupo y de la vida nómade: la libertad.
Cuando el mensaje sale del corazón y de forma sincera, ¿realmente es necesario conocer el idioma de las canciones? Si la respuesta es positiva, Tinariwen, definitivamente, se instaló como la excepción que confirma la regla, porque durante la hora cuarenta de show, los presentes entendieron a la perfección lo que los músicos querían de ellos, pese a cantar en tuareg.
Con timidez por no saber ni inglés ni español, el quinteto miró emocionado varias veces hacia un público cada vez más exultante y se turnaban entre ellos para ver quien provocaba más la masa.
A los bailes de Alhousseyni se le fueron sumando los interminables saltos al compás de escalas jazzeras de Leche y el agite de Ayad desde el djembé, sumado a un Alhabib que extendía sus brazos sonriente y se golpeaba el pecho, como diciendo: "Acá me los llevo".
Como si fuera una noche destinada a la demolición de estereotipos, los de Malí también dejaron más en claro que nunca que el rock no es un estilo de música, sino una actitud frente a la vida y, en este punto, cuesta encontrar un grupo más rockero que Tinariwen, a pesar de que la humedad porteña debió haber sido una barrera casi infranqueable para quienes viven en la sequedad del Sahara.
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