En los brazos de los bares
Como un paisaje en la tormenta voy
Como un acorde de Lou Reed
Como un diamante en la cerveza soy
¡Sólo y así quiero mi fin!
Tantas mentiras en los callejones
Tantos naufragios en las barras de bar
Para arrancarme el sabor de tu piel
Como un pirata se olvida del mar
En los brazos de los bares voy le! le! le!
En los brazos de los bares soy le! le! le!
Ahogando y amando una Sombra
En las islas de los bares voy le! le! le!
En los mares de los vasos soy le! le! le!
Amando y ahogando una Sombra
Llegué a este puerto al amanecer
Pólvora y miel, ése es mi botín
Si en la taberna suena ese rabel
¡Vive tu día y déjalo vivir!
Trae mala suerte no invitarme a un trago
Pues llevo un Grifo tatuado en la muñeca
Si te descuidas voy a poner
Un crisantemo en tu solapa
En los brazos de los bares voy le! le! le!
En los besos de los bares voy
En las islas de los bares voy
En los mares de los besos voy
En los bares de los besos voy
En los brazos de los bares voy...
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.