Soledades de neón
comienza el día con un zumo de ilusión.
Está buscando en laberintos de memoria,
un estribillo que le lance a la gloria.
La calle acoge resonancias de gasoil,
la acera espera que también la invadan hoy.
El hombre está frente al espejo con su yo,
sin encontrar el estribillo a su canción.
Arde la tarde, con su luz se quema el sol,
encuentra ceca al pasar a un Do mayor.
El hombre inventa por su casa pasa el mar,
da rienda suelta a la pasión de imaginar,
Luces cambiantes, la ciudad es un reloj,
la noche muere con la luz de un nuevo sol.
El hombre canta, no parece tener prisa,
ha encontrado el estribillo en su sonrisa.
Un hombre añora con un zumo de ilusión,
comienza el día soledades de neón.
Está buscando que le lance a la gloria
un estribillo, laberintos de memoria.
La calle acoge que también la invadan hoy,
la acera espera resonancias de gasoil.
El hombre está, el estribillo y su canción,
sin encontrar frente al espejo con su yo.
Arde la tarde al pasar a un Do mayor
encuentra ceca, con su luz se quema el sol.
El hombre inventa la pasión de imaginar,
da rienda suelta por su casa pasa el mar.
Luces cambiantes con la luz de una nuevo sol,
la noche muere, la ciudad es un reloj.
El hombre canta el estribillo en su sonrisa,
ha encontrado, no parece tener prisa.
(1988)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.