Y vino luego la gente de a caballo
y sembraron el bosque
de miedo seco y largo.
Pero el bosque se hizo
para que los jóvenes se amaran
a la sombra de la luna
y de los tréboles tibios.
Y vino luego la gente de a caballo
poblaron la ciudad
de ruidos solitarios.
Y la ciudad se hizo
para habitarla
con lluvias de palomas
y sueño de domingo.
Y vino luego la gente de a caballo
y cerraron la casa
con odios y candados.
Pero la casa se hizo
para que entrara la rosa de los vientos
por el norte y el sur de cada sitio.
(1978)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.