Zona de luz
tan cerca y tan lejano
refleja la aventura de encontrar otras manos.
Riega despacio
su claridad del día.
Y hay quien dice que no existe la tierra de alegría
Como el sonido te quedas y te vas.
Nunca un pájaro duda de que sabe volar.
Un movimiento
la puerta se abre
Desata el nudo tu barca en el aire.
Orión
Zona de luz, Zona de luz.
Te lo doy todo y todo
me lo das tú.
Un niño solo
inventando la luna.
Cuando amanece las estrellas se van y continúan.
Por el desierto
se oye una voz de arena
Siempre alguien dice lo que no recuerdas.
(1992)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.