La Casa de Fieras
por los dramas de la vida,
me fui a la Casa de Fieras.
No tiene animales hoy,
pero mi niñez florida,
evocó tigres, panteras...
Y evocó al pavo real,
al chimpancé, a la leona,
y aquel olor apestoso,
de la hiena y el chacal,
y al dromedario en persona,
y al elefante y al oso.
Mucha fauna se veía.
(Oso Panda, no. No había.)
Donde la Casa de Fieras siguen los niños jugando,
los ancianos, sin embargo, ahora son tercera edad.
Se ven parados en paro y mendigos mendigando.
Y gente que habla de toros. Y que si la crueldad...
Y me pide mi opinión,
una extranjera de paso,
sobre los toreadores.
“Pues que no tiene perdón,
digo, por hacerle caso,
eso de los picadores”.
“Desde luego es lo peor”,
me comenta pensativa.
“Sí, desde luego, es un fallo,
le respondo. Da dolor
esa imagen vomitiva:
de alguien montado a caballo”.
Me mira con extrañeza.
(Cobraré esta hermosa pieza.)
“Al caballo se le humilla, la doma es algo inhumano,
que se te suban encima, que te lo hicieran a ti.
Tener que llevar a lomos (y ahí le alargo la mano)
a un parásito, a una rémora... oye, qué bien se está aquí”.
Donde la Casa de Fieras, siguen los niños jugando,
los ancianos, sin embargo, ahora son tercera edad.
Se ven parados en paro y mendigos mendigando.
Y gente que habla de amor. Y que si la crueldad...
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