Olivia
como suele hacer la gente:
más o menos con el sol.
Era un sábado más en su ventana,
era otra invitación para la suerte,
era otra semejanza del amor
con que trenzaba hijas y calor
con la soledad.
Era la soledad. Salía el sol.
Olivia en su península poblada
por la lentitud del día,
por el tiempo sin hacer,
sobre su condición iba clavada
como una diosa de la luna fría
que las estrellas quiere conocer.
Y dio una piedra errante de comer
con su soledad.
Era la soledad. Y vio llover.
Olivia no sabía que la noche
tiende puentes de aguacero
para llegar a su umbral.
Olivia no sabía que hay un coche
y un precipicio al borde del cochero.
Y oyó decir que un astro hinchaba el mar
y salió de su isla a caminar
sin la soledad.
Era la soledad. Oyó cantar.
(1971)
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