Conócete a ti mismo
¿pero en qué circunstancia:
al borde del abismo,
de turismo en Francia,
en una cita a ciegas,
una cata de vinos?
Anda que no hay bodegas,
anda que no hay caminos.
En una notaría,
montándome en la noria,
en medio de otra orgía,
en Gandía, en Coria,
musicando las penas,
observando a los grajos...
muchas son las escenas,
muchos los altibajos.
Imputado en querellas,
jugando con los niños
pervirtiendo doncellas,
haciéndoles cariños,
disolviendo conventos,
de bromas o de veras...
tantos momentos,
tantas esperas.
Sintiéndome un gigante
o creyéndome un gnomo,
un día apabullante
o bastante plomo,
tiritando de frío
o muy acalorado...
ya llegará el estío,
ya pasará el enfado.
De juerga hasta el empacho,
de luto sin consuelo,
de vuelta en el despacho,
como macho en celo,
junto al río sagrado,
junto al mar de El Pireo...
eso me han enseñado,
eso no me lo creo.
Desertando del fuerte,
soltándome una arenga,
imprecando a la muerte,
deseando que venga,
una noche de luna
anhelante de besos...
canta la tuna,
cantan los presos.
Si a tal conocimiento
llegara, aunque es dudoso,
lo mismo lo lamento,
me presiento soso,
un mucho como todos,
tal vez algo más flaco,
con polvos y con lodos,
con whisky y con tabaco.
Un hombre que camina
perplejo hacia el ocaso,
un necio en su colina
que imagina acaso
que igual voy y me apiado
y me invito a una copa...
igual me doy de lado,
igual prefiero sopa.
Abandono la busca,
me reconozco al tacto
con mi sonrisa etrusca,
mi propensión al pacto,
sorteando las ortigas,
burlando los castigos.
Con mis amigas
y mis amigos.
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