Puedes matarme, si lo prefieres
que te lamentes como si fueras
un pajarito abandonado
a la merced de mí.
Me empieza a incomodar
que lloriquees irremediable.
El que te vea va a pensar
que te asesinan.
Sé que te estoy destrozando,
sé que te estoy extinguiendo tanto
que tu tamaño ya no se ve;
sé que en un dedal ya bailarías,
que en una simple gota de agua
podrías ahogarte.
Ya sé todo eso.
No me lo tienes que decir, no.
Así le decía mi impulso
a mi inteligencia
una mañana de cualquier día,
de cualquier mes.
Era una conversación chistosa,
como ven,
como de fábula muy camp.
Qué bobería, dirán ustedes,
pero no me lo tienen que decir: ya lo sé.
Ya me molestan tus griticos,
tu poesía, tus alimañas,
ya me molestan tus pasiones
retorcijadas, inexpugnables.
Ya me molesta tu equilibrio
de pacotilla, rabiando siempre.
Ahora yo cojo la batuta
y sigo piano piano piano.
Si no te gusta, no me llores.
Puedes matarme, si lo prefieres.
Sé que estás inconsolable,
sé que te haces la tragedia griega,
sé que te lloras a ti, no a mí.
No te voy a dar ningún pañuelo
porque enseguida pides otro
y luego otro.
Ya sé todo eso.
No me lo tienes que decir, pero no.
Así le decía mi impulso
a mi inteligencia
una mañana de cualquier día,
de cualquier mes.
Era una conversación chistosa,
como ven,
como de fábula muy camp.
Qué bobería, dirán ustedes,
pero no me lo tienen que decir: ya lo sé.
Ahora me toca desquitarme,
regocijarme, alimentarme.
Ahora me toca coger fresco,
tomar helado, guardar silencio.
Ahora me toca la guitarra,
las armonías, las mentiritas.
Ahora yo cojo la batuta
y sigo piano piano piano.
Si no te gusta, no me llores.
Puedes matarme, si lo prefieres.
(1970)
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