Décimas (7): Mas van pasando los años
las cosas son muy distintas:
lo que fue vino, hoy es tinta,
lo que fue piel, hoy es paño,
lo que fue cierto, hoy engaño.
Todo es penuria y quebranto,
de las leyes de hoy me espanto,
lo paso muy confundida,
y es grande torpeza mida
buscar alivio en mi canto.
Han visto la mantequilla,
dicen de que’s vegetal,
y que de leche animal
fabrican la mostacilla.
Las líneas de las chiquillas,
desmáyese el más sereno,
que lo que miran por seno
no es nada más que nilón.
Pregunto con emoción:
¿quién trajo tanto veneno?
En este mundo moderno,
qué sabe el pobre de queso,
caldo de papa sin hueso,
menos sabe lo que es terno;
por casa, callampa, infierno
de lata y ladrillos viejos.
¿Cómo le aguanta el pellejo?,
eso sí que no lo sé,
pero bien sé que el burgués
se pit’ al pobre verdejo.
Yo no protesto por migo,
porque soy muy poca cosa;
reclamo porque a la fosa
van las penas del mendigo.
A Dios pongo por testigo,
que no me deje mentir:
no me hace falta salir
un metro fuera ’e la casa
pa’ ver lo que aquí nos pasa
y el dolor que es el vivir.
Dispénsenme las chiquillas
si m’he salido del tema,
es qu’esta verdad me quema
el alma y la pajarilla.
Quemá’ está la sopaipilla,
pa’l pobre ya no hay razones;
hay costra en los corazones
y horchata en las venas ricas.
Y claro, esto a mí me pica
igual que los sabañones.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.