Décimas (69): Salgo de Chile (o Una mañana de junio)
que brilla la capital
bajo la lluvia invernal,
camino sin gran apuro.
Me detienen en el muro
del convento franciscano;
me tomaron de la mano,
me pasaron par’ el frente,
me dicen galantemente:
«Al Festival la invitamos».
Me hablan de aviones y trenes,
de buques y pasaportes;
me inculcan que no me importe
lo qu’en Chile m’entretiene.
Me dicen que me conviene,
quisieron volverme loca:
mis ojos de boca en boca,
mis oídos de voz en voz,
mas yo m’encomiendo a Dios,
tanta palabra me choca.
«Doscientos veinte chilenos
van a partir con usted».
M’enrollan en esa red
como pesca’o al sereno.
Junto mi guagu’ a un seno
a un cuarto yo me retiro,
con ella triste suspiro;
viendo la separación
se parte mi corazón.
Paso la noch’ en delirio.
Dejo botá’ mi Nación,
mis crías y mi consorte;
ya tengo mi pasaporte,
m’está esperando el avión.
Penetrando en l’estación
un seremil de personas
me ruedan como corona
al verme sumida en llanto,
porque era mucho el quebranto
al partir para Polonia.
De nueve meses yo dejo
mi Rosa Clara en la cuna.
«Com’ esta maire, ninguna»
–dice el marí’o perplejo.
Voy repartiendo consejo
llorando cual Maudalena,
y al son que corto cadena
le solicito a Jesús
que me oscurezca la luz
si esto no vale la pena.
No tengo perdón del cielo
ni tampoco de los vientos;
mentira el dolor que siento,
como parto sin recelo.
Pocos serán los desvelos,
dice l’orar profetorun
p’aquella que su angelorun
deja botá’ en el invierno:
«Arrójenla en los infiernos
pa’ sécula seculorum».
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