Décimas (81): Cuando regreso al país
el alto montón d’escombros
que cae sobre los hombros
d’esta cantora infeliz.
No encuentro ni la raíz
de un árbol que yo dejara;
el diablo lo transplantara
a un patio muy diferente.
Me dice toda la gente:
«Se lo llevó su cuñada».
Entro en mi vieja casucha,
siento un nudo en las entrañas;
los grillos y las arañas
me van presentando lucha.
Nadie m’esplica o escucha,
pregunto por cada cosa,
por mis botones de rosa,
por mi tejido a bolillo:
«Inútil» –respond’ el grillo,
lo mismo la mariposa.
La menorcita anda ausente
en las alturas del cielo;
paloma emprendió su vuelo,
pa’ mí nunca más presente.
Los mayores, penitentes,
me aguardan con su paciencia.
Dos años duró l’ausencia
mas hoy están con su mama,
con todos en una cama
disfruto de su presencia.
Total, con calma y salud
voy enfrentando la vida;
no debo estar afligida,
lejos veo mi ataúd.
Algo tendré de virtud
como no ardo en maldiciones;
de nuevo con mis canciones
voy a juntar centavitos,
y plantaré otro arbolito
que me dé sombra y amores.
Por último, les aviso
que Dios me quitó mi guagua
y echó a funcionar la fragua
que tiene en el paraíso.
Pasó por Valparaíso,
y en una linda corbeta
que brilla como un cometa,
me dice: «En este vapor
me llevé tu hija menor,
pero te tengo una nieta».
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.