Buenos días, pájaro del alba
Buenos días, rayito de sol.
Buenos días, panza de lagarto blanco.
Buenos días, mar. Buen día, amor.
Buenos días, patria nueva.
Buenos días, corazón.
Buen vecino, buenos días.
Buenos días tenga usted.
Yo tengo un son para cantar.
Yo tengo un son para soñar.
Tengo una flor que me perfuma
con su perfume a libertad;
una canción que va naciendo
cada mañana al despertar.
Buenos días, dulce Nicaragua.
Buenos días, México de sol.
Buenos días, Uruguay, después de tanto.
Buenos días, Cuba en tu esplendor.
Buenos días, Argentina.
Buenos días tengas hoy.
Buen vecino, Chile nuestro;
ya tendrás buen día también.
Buenos días, dulce Nicaragua.
Buenos días, México de sol.
Buenos días, Uruguay, después de tanto.
Buenos días, nuestra América del sol.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.