Dos guerreros
y que hemos vivido nuestro tiempo juntos,
y estamos al día,
que del agua hicimos vino
y los dos bebimos de la lluvia el polen
dulce de la vida.
Entonces, nuestras heridas,
¿quién las olvida?
Hasta siempre, dulce amor mío,
digo hasta siempre,
sigo el camino.
Bien sabemos que es inútil
destrozar lo bueno;
no tiene regreso nuestra despedida.
Fuimos siempre dos guerreros
combatiendo un cielo
que se desplomaba, que se deshacía.
Entonces, nuestras heridas,
¿quién las olvida?
Abril de 2026. Una visita a Cuenca. La ciudad alta parece casi inalcanzable pero se va abriendo al paso del caminante y se descubre a pinceladas, se avanza lentamente con atención a los detalles, te va envolviendo su generosa ofrenda de ocres, una esencia dulce de calles antiguas, escenario de historias de vida que fueron y van arriba y abajo. Cuenca, refugio de miradas eternas que en sus horizontes van quedando guardadas, también en nuestra memoria. Cuenca, la de la piel quebrada por hoces y ríos, la que celebró en el siglo XX su poeta Federico Muelas, la que envejece y revive en el XXI y cada día.
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