Veinte mil años Patria
Madre, por la vida y la muerte,
sangras por la carne y el alma,
por el cielo y el mar,
el azúcar, la sal,
por el indio que espera
con la piel reseca la resurrección.
Por el ave que va
desde el norte hacia el sur
desafiando los vientos,
los helados alientos de la tempestad
con el pico apuntando,
con las alas volando,
con los sueños pujando hacia la libertad.
Aquí los inocentes fueron desterrados
a la negra fosa de la eternidad.
Aquí los torturados, los desarraigados,
claman todavía por su ansiada paz.
Y cada año que pasa el doce de octubre
con la voz dolida vuelven a cantar,
vuelven a cantar:
¡Hacia la libertad!
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.