Barakaldo
bruma, sudor, anís
despierta chico, llegas tarde
nada te va esperar
Siete de la madrugada
nieva en el exterior
caravana, juramentos
en el retrovisor
Tanto, tanto madrugar
y la vida sigue igual
Tanto, tanto trabajar
y la vida sigue igual
Cinco de la madrugada
la cena sin fregar
queda ya poco butano
ojeras nada más
Siete de la madrugada
duermo un ratito más
los críos están llorando
ya les harán callar
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.