La casa de mi madre
Huele a brisas de geranios
Paseándose en el patio
A hurtadillas van los años
Y una canción
Le habita los silencios
La casa de mi madre
Guarda espacios de nostalgia
Jugando en sus rincones
Se ha quedado nuestra infancia
Y esa ilusión
Le habita los silencios
Y hoy vuelvo a buscarme
En la senda del viejo baldío
Me ha devuelto a mi madre el camino
Y a sus manos de luna y membrillo
Y hoy vuelvo a buscarme
En el cielo, la noche y el río
Me ha devuelto a mi patio el camino
Y a su aroma de suncho y de grillo
La casa de mi madre
Son los días deshojados
Mateando en los inviernos
En la sombra del naranjo
Y ese color
Le habita los silencios
Mi madre es una lluvia
Regadora de febrero
Curando mis heridas
Con tesitos de poleo
Y ese sabor
Me habita los silencios
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.