Horas
nos queríamos comer el mundo,
no podíamos dejar de estar
a solas ni un segundo.
Ida y vuelta de la cama
a la alfombra voladora,
nos bastaba con dejar pasar,
dejar pasar las horas.
Horas, horas,
colgados como dos computadoras,
horas, horas.
Meta: echar carbón en la locomotora.
Recorriendo aquel edén
de sólo dos metros cuadrados
¿Que será de aquel colchón,
de aquel colchón tan maltratado?
Allá íbamos tú y yo
llevados por el remolino,
nos dejábamos caer, caer,
caer hacia el destino durante…
Horas, horas,
colgados como dos computadoras,
horas, horas.
Meta: echar carbón en la locomotora.
No queríamos dormir,
nos queríamos comer a besos,
no queríamos dejar de cometer ni un solo exceso,
nos venía a saludar en el balcón la luna llena,
nos bastaba con dejar morir,
dejar morir la pena.
Horas, horas,
colgados como dos computadoras,
horas, horas.
Meta: echar carbón en la locomotora.
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.