Yo también tuve veinte años
y un corazón vagabundo,
yo también tuve alegrías
y profundos desengaños.
Yo también tuve veinte años
que en mi vida florecieron,
veinte años que a mí llegaron,
se fueron y no volvieron.
Por eso desde la cima
de mis ardorosos años,
miro pasar hoy la vida
sin que me haga bien, ni daño.
Porque tuve la fortuna
de vivirla sin engaños,
para contar sin nostalgia
que también tuve veinte años.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.