Johnny, go home
que es muy valiente y muy cabal,
tiene los ojos como John Wayne
y los andares de Mae West.
Le han reclutado los de la Nasa
y me lo han hecho boy espacial
y ahora le veo desde mi casa
dar volteretas muy galaxial.
Y yo le canto… Oh my Johnny,
Oh my Johnny go home,
aquí está tu dulce hogar
en Minnesota y en Vietnam,
tuya es toda la tierra,
no sé allá que encontrarás.
Todos me dicen que tengo suerte,
que hombres así no corren ya,
que desafían siempre a la muerte
con la sonrisa de Superman.
Pero yo siempre soy chica alegre,
amo a los hombres de dos en dos,
y no me gusta que se me encierre
ante dilemas de vocación.
Y yo le canto… Oh my Johnny,
Oh my Johnny go home.
Mi novio visto con escafandra
parece un pobre bebé chupón,
es increíble que con esa facha
sea tan chulo y tan peleón.
Ahora me dicen que cuando vuelva,
cuarenta días he de esperar,
y no es seguro que cuando salga
sea el mismo varón sin par.
Ahora me entero que Johnny ha dicho:
paz en la tierra y en el hogar,
y yo me pasmo porque era un chicho
poco locuaz y más bien patán.
Las maravillas del recocosmos
le han convertido en intelectual,
y el pobre Johnny será mañana
un candidato presidencial.
Y yo le canto…
Glory, glory, my Johnny,
aquí está tu dulce hogar.
Glory, glory, my Johnny,
en Minnesota y en Vietnam.
Glory, glory, my Johnny,
tuya es toda la tierra,
Glory, glory, my Johnny,
no se allá que encontrarás.
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.