Llega diciembre
viene la noche como un manantial
que trae recuerdos, ganas de vivir,
haya el futuro en un cafetín.
Buenos deseos para Navidad,
hoy la distancia duele un poco más,
pero esta noche la paso a tu lado,
seré la estrella que alumbra tu árbol.
Y mañana cuando acabe Navidad,
seguirá brillando el árbol.
Y cuando apague las luces la ciudad,
aún seguiremos soñando
con noches de paz.
Y es probable que en agosto
siga siendo Navidad.
Ya se va el año y estoy junto a ti,
como las uvas y rompo a reír,
hacemos plan, canto y desafino,
ríes de nuevo y bailo contigo.
No necesito regalos brillantes
ni el oropel de los escaparates,
sólo la calma que da tu mirada,
velar tu sueño cada madrugada.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.