Canto a los caídos
los trigales quemados, bandera herida.
¿Es que el aire en su vuelo se ha detenido?
¿O es que murió la llama en todos los fuegos?
Una mano del fuego hizo herramienta
y detrás de sus pasos dejó caminos
y de tierra y de fuego pan hace el hombre
y el pan, antes que trigo, es mano que siembra.
Y detrás de sus pasos dejó caminos.
Hay torrentes que corren bajo la tierra,
como muerte que en vida germinará.
Así arde en las venas una palabra.
Su palabra creciendo,
un sol nuevo alimenta cada mirada
como trigo sembrado,
cuando hay junto a una mano manos hermanas,
hermanada conciencia
cuando contra el tirano se alza la Patria,
cuando contra el tirano se alza la Patria.
Un sol nuevo alimenta cada mirada
un sol nuevo alimenta cada mirada
cuando hay junto a una mano manos hermanas,
cuando se alza la Patria contra el traidor.
Un día el cobre se alzará
y en las entrañas del carbón
temblará el grito contenido de la tierra.
¡Para el traidor no habrá perdón!
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.