Tatuaje en mi voz
que olvido el día,
que la ciudad se quedó vacía.
Que me abotono al revés
la melodía,
que se desangra la poesía.
Que me has tatuado en la voz
tu alma divina,
que en mi garganta estará tu amor toda la vida.
Que me has grabado tu amor,
y es para siempre,
el verde azul de tu inmenso mar
vino a poseerme.
Que el aire duele sin ti,
que me abotono al revés,
que me has tatuado en la voz
tu alma divina.
Que me has grabado en la voz
el llanto de un ruiseñor,
que aquí en el pecho
vive mi lámpara encendida.
Que me has tatuado en la voz
tu alma divina.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
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