Corredera
Cuando no era grande y libre mi Madrid
Me moría de hambre y no probé bocado
Me bastaba con tenerte frente a mí
Hora y media me entretuve contemplando
El lunar entre tu boca y tu nariz
Medio mes todo estalló en pedazos
Pero quién iba a esperarlo
Te mordí por encima de un jersey tan colorado
Como yo que era muy poco para ti
De repente te sentaste en mi regazo
En el brillo de tus ojos entendí
Que tendría que escribir un epitafio
Por las vidas que acababan de morir
Empezaba ya a creer en los milagros
Pero el nuestro fue un secreto
Te escribí que tendrías que vivir en el pasado
Para ver que algún tiempo fui feliz
Tú dijiste que podrías superarlo
Estudiando arqueología
Me reí
Y volví a ser de las ruinas el palacio
Que mi madre quiso siempre construir
Y aun sabiendo que este amor no iba a ser largo
Te abracé como a un gigante
No volví a la corredera baja de San Pablo
No recuerda ni sus sombras de Madrid
Me dijeron que aquel bar había cerrado
Pero no te diste cuenta
No volví a la corredera baja de San Pablo
Cuando no era grande y libre mi Madrid
No volví a la corredera baja de San Pablo
No recuerda ni sus sombras de Madrid
A la corredera baja de San Pablo
Cuando no era grande y libre mi Madrid
A la corredera baja de San Pablo
Cuando no era grande y libre mi Madrid
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.