Tonada triste
por las calles del olvido
solo veo mi reflejo
y algún paseante perdido
El mundo no llega lejos
se ha vaciado de sentido
una sombra cruza el aire
el tiempo se ha detenido
Qué triste se pone el alma
cuando nadie está contigo
una nube cruza el cielo
y otra se queda conmigo
Los minutos se deshacen
como un reloj de Dalí
las horas ya no se cuentan
la muerte anda por ahí
Se oye a lo lejos un ruido
se despierta la inquietud
no se sabe si el la vida
o el cierre de un ataúd
Abril de 2026. Una visita a Cuenca. La ciudad alta parece casi inalcanzable pero se va abriendo al paso del caminante y se descubre a pinceladas, se avanza lentamente con atención a los detalles, te va envolviendo su generosa ofrenda de ocres, una esencia dulce de calles antiguas, escenario de historias de vida que fueron y van arriba y abajo. Cuenca, refugio de miradas eternas que en sus horizontes van quedando guardadas, también en nuestra memoria. Cuenca, la de la piel quebrada por hoces y ríos, la que celebró en el siglo XX su poeta Federico Muelas, la que envejece y revive en el XXI y cada día.
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