Un pedacito de tierra
no lleva ya a ningún sitio.
Ya no pasarán las aguas
por el cauce de este río.
Todas las viñas y huertas
han sido ya abandonadas.
La montaña huele a humo
y a la hojarasca quemada.
No hay gallos ya que despierten
cuando la vida amanece.
Y en esa selva lejana,
ya los árboles no crecen.
Al monte lo cubre un manto
de cenizas y tristeza,
y por las playas del mundo
ya no hay castillos de arena.
Una pradera desierta.
No hay una nube en el cielo.
El aroma de la hierba
es ya tan solo un recuerdo.
Viene un futuro difícil
para vosotros, mis hijos.
Quizá aún contemos estrellas
alguna noche de estío.
Moby Dick lejos resopla
por océanos de plástico.
No regresan las cigüeñas
a los viejos campanarios.
El cuento se ha terminado
para el lobito feroz.
En el tejado se duerme
un solitario gorrión.
Tú, niño que aún no lo sabes,
y tú, niña que ahora empiezas
a caminar por la vida,
vais a vestir el planeta
de verde y de primavera,
y como un viento de gloria
veré sonreír en vosotros
la delicada memoria
del tiempo en que juntos fuimos
un pedacito de tierra.
Y daréis luz al futuro
de este pequeño planeta.
La esperanza es como el agua
de un vasito en la tormenta.
No volverán los agostos
ni aquellas tardes de siesta,
cuando el mundo era más joven
y era más limpia la lluvia.
La paz es como un suspiro
entre un vendaval de furia.
Las ciudades son ahora
un territorio enemigo.
El horizonte es gris humo
y se desbordan los ríos.
Resuenan voces que niegan
imprudentes el desastre,
tapa su ruido el murmullo
de quienes leen las señales.
Tú, niño que aún no lo sabes,
y tú, niña que ahora empiezas
a caminar por la vida,
vais a vestir el planeta
de verde y de primavera,
y como un viento de gloria
veré sonreír en vosotros
la delicada memoria
del tiempo en que juntos fuimos
un pedacito de tierra.
Y daréis luz al futuro
de este pequeño planeta.
Abril de 2026. Una visita a Cuenca. La ciudad alta parece casi inalcanzable pero se va abriendo al paso del caminante y se descubre a pinceladas, se avanza lentamente con atención a los detalles, te va envolviendo su generosa ofrenda de ocres, una esencia dulce de calles antiguas, escenario de historias de vida que fueron y van arriba y abajo. Cuenca, refugio de miradas eternas que en sus horizontes van quedando guardadas, también en nuestra memoria. Cuenca, la de la piel quebrada por hoces y ríos, la que celebró en el siglo XX su poeta Federico Muelas, la que envejece y revive en el XXI y cada día.
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