La brújula del destino
se nos pierda en el comienzo
si empieza a pintar su lienzo
la brújula del destino.
Valga el dolor que persigo
valga el sabor de sus balas,
noviembre traerá tus alas
alertas bajo el abrigo.
Ay guitarra vuelo de su sombra,
ay guitarra, víbrame la aurora,
vibra temprana,
porque la vida que a veces canta
se me enmudece si se demora.
No importa que tanto anhelo
nos pierda en un laberinto,
el amor tiene el instinto
de asirse a la voz del cielo.
La música del camino
coronará tu llegada
salvará esta madrugada
la brújula del destino.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.