Dame el otoño
de un sueño atado al cinturón de la caricia
y la ansiedad cual penitencia, eternamente,
si es que el deseo me robó la maravilla.
Dame la prisa de un olvido no anhelado
si no hubo beso que venciera lo azaroso,
la maldición de un golpe bajo en el quejido,
el sollozar de cuanta estrella atrapa el ojo.
Dame la luna para atarle los suspiros,
que no lograron trascender la ventolera,
una sonrisa que devore la nostalgia
y que derrumbe, indiferente, primaveras.
Dame el castigo de una noche de aguaceros
y unas ventanas desafiando el aire frío,
para arriesgarle la ilusión a otra quimera
sin el influjo de lo ajado y lo perdido.
Dame esa mano que arremeta contra todo,
lo que me huela a castidad y a cama limpia,
un contrabando de quietud y desamores
que me sorprenda a cada vuelco de la vida.
Dame un océano de cruces y miserias
donde aliviarme de un recuerdo desmedido,
un horizonte de mentiras y cadenas
por cada gesto que reniegue de mí mismo.
Dame el azar para que invada los dominios
de un corazón ya corrompido y polvoriento,
porque le sobran al amor y a los caminos
los corazones corrompidos y polvorientos.
Y dame, al fin, la sombra triste que en lo oscuro
sin más piedad deja la luz, sin voz ni duelo,
porque le estorban claridades y ternuras
a un torpe tipo avasallado por los sueños.
A un torpe tipo avasallado por los sueños.
(1979)
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