El pregonero
vendo el arte del realismo socialista,
vendo editoriales en la prensa plana
y barbacoas en La Habana.
Vendo un ciclo de películas dobladas,
vendo departamentos de microbrigadas,
vendo servicios de santeros y doctores,
vendo mi escala de valores.
Pero no me dejes ir
porque te vas a arrepentir cual manisero.
Aunque la multimedia pueda más
que un pregonero.
Vendo un funcionario con su incongruencia,
vendo un libro de quejas y sugerencias,
vendo aliento de turistas kamikaces,
vendo caretas antigases.
Vendo inmunoensayo contra los burgueses,
vendo la máquina de hacer panes y peces,
vendo visita dirigida que te inhibe,
vendo pasajes al Caribe.
Vendo, vendo, vendo,
vendo, vendo, vendo.
Nadie me quiere comprar,
nadie me quiere comprar,
nadie me quiere comprar.
Tengo la casa repleta,
tecnología obsoleta.
Se va, se va,
se va el pregonero.
Se va, se va.
(1997)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.