Estamos a salvo
de bares donde rompen el humo las canciones,
de las putas con frío, del alcohol en la calle,
del sexo transparente, de que sus vientres hablen.
Del hambre, nos salvaron, de otros continentes,
de las verdades que gritan dormidas las mujeres.
Estamos a salvo de aviones, rascacielos,
de niños ancianos cruzando nuestro estrecho,
de saberse perdido, la luz de la memoria,
del polen, de su risa, de que yo te conozca.
De decidir el fin, y morir con aguacero,
cansado de doler, de la aurora y sus sueños.
Los ángeles custodios nos pusieron a salvo,
cerraron las ventanas para evitar tu salto.
De nuestras decisiones los sabios nos salvaron,
del mordisco rebelde que supone este abrazo.
Estamos a salvo del mar y su pureza,
de libros que escribieron preguntas sin respuestas,
de estar sin cobertura, de hablar con el vecino
que duerme en la escalera, del azar y sus hijos.
Del aire estás a salvo en que tiemblan mis ladridos.
De ti estamos a salvo. Mi vida estoy perdido.
(2005)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.