Esther: homenaje
del libro de los nacimientos de tu ciudad natal.
Solo tu padre tembló cuando tu nombre dijo - Esther -
y su apellido de español que cifraría en tu interior.
Alguien te marcó su flor de hierro en el amor
y la guardaste en tu jardín como esperando
el día feliz que no habría de ser, o acaso sí,
pero sin él, y te forjaste en el dolor
que el tiempo aquel, tuyo, te dio.
Entró tu juventud tirando cristos del altar
sobre el tranvía, para ser semilla del árbol del poder.
Pasaría el tiempo y tu estación habría de ser siempre
de invierno con calor al filo de un atardecer.
Nunca perdiste la fe. Viste al hijo ajeno crecer
con tu sudor de madre fiel frustrando tu ansia de vivir.
Nunca hay amor que se da, por triste que sea al recordar,
que no se sienta al respirar el aire que nos dio a vivir.
Vino el tiempo de la luz. La paz no existiría jamás
para quien no quiso oxidar sus huesos bajo un recordar.
Terminó ya tu labor, la que se pide a cada cual,
y lo aceptaste, pero a condición de seguir viaje rumbo al Sol.
No me queda más, en nombre de quien te advirtió
y en el de todos los demás, que darte gracias, por esta canción.
(1974)
A Esther Feliú, mi tía, que fue cojonuda combatiente desde los años 30
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