Se fue a bolina
con traje a rayas, corte inglés,
con su sombrero de pajilla
y sus “dos tonos” en los pies.
Se fue a bolina,
se fue a bolina,
se fue a bolina el treinta y tres.
Está quizás leyendo a Nervo
alguien tapó bien a Martí,
temblando ante la cesantía,
va zapateando el adoquín.
Se fue a bolina,
se fue a bolina,
se fue a bolina pasaba así.
Vale el café sólo un centavo
pero el centavo no se ve.
Las vacas gordas van nadando,
derecho al norte, al norte cruel.
Se fue a bolina,
se fue a bolina,
se fue a bolina el treinta y tres.
De todo lo que el aire lleva,
se le quedaron en la piel
sólo sueños que hubo en Pablo,
en Julio Antonio, y en Rubén,
y lo demás:
Se fue a bolina,
se fue a bolina,
se fue a bolina, no volverá.
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.