Carnaval
ya no cabe ni una sola persona más en la plaza.
Un negro medio dormido, en una petisa manca,
lleva a la grupa un peludo de aquéllos que no se empardan.
El Conde de Romanones abunda en malas palabras
porque le viene gritando un gurí: ¡Viejo… las parras!
La rubia María Cachorro, dándole a la colorada,
se vino del Cerro al Centro seguida de su perrada.
Y María entre suspiros, disfrazada de gitana,
llevando un galán del brazo va con rumbo a la bailanta.
Tolentino se hizo el vivo con una mujer casada
pero el marido le puso el pajilla de corbata.
Al pardo Macaco Baio, por pegar un tajo a un máscara,
lo llevó la policía en un loco jaia-jaia.
Cantando cruza la línea o despuntar la alborada
un corda’o carnavalesco de morenos de Santana.
Cada vez que se le ocurre soplar el viento en la plaza,
el ambiente se satura de intenso olor a quitandas.
El guardia civil Procopio se emborrachó en la parada
y le dice desaforos a toda negra que pasa.
Pizpireta y coquetona, la sirvientita de casa
estrena un vestido nuevo de muselina estampada.
Y a medida que transcurre el tiempo el corso se agranda,
porque a pesar de la crisis, para fiestas siempre hay plata.
Pero a la noche traidora contraviniendo ordenanzas
policiales, se le ocurre jugar carnaval con agua.
Y adiós corso y mascarita, quitanderas y comparsas
y adiós vestidito nuevo de la sirvienta de casa.
Son las once y ya no queda en la calle sólo un alma
pero no obstante, la noche sigue jugando con agua.
Carnaval, carnaval, carnaval…*
* Alfredo Zitarrosa no canta este final.
(1975)
Candombe
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