Contracanción III
Doña Soledad: quédese quieta en su madera, a vos patria no digas que eras nuestra, Barrio Sur... qué lejanos los días de la buhardilla, cuando enterrábamos coroneles con salvas de fogueo, bajo las ventanas de esas humildes pensiones de Yaguarón... Ya no me vendas la coyunda lírica, la milonga tiernita y sola hasta que fue aplaudida y envejeció de golpe... Ya no me cantes pájaros enjaulados o muertos, pericones de Roxlo, mariposas negras... No me vendas el lamento de los que no aman ni el aire burlón del retobao, que igual puede vivir, y además lo vende la compañía impreso en discos... No me digas qué quiere la canción, ni a dónde va el que se va, ya no volverá... No volverá milonga, guitarra negra, el que se fue... como me dice el tango viejo y fulero de verdad, pero melancólico y sólo nuestro, pero nuestro de veras: el tiempo que se fue, se fue para siempre, y lo mismo el loco Antonio que era comunista amó y murió, peleó rabiosamente con las corvinas de su río para vivir, para seguir peleando de overol, y murió y no vuelve, y no hay luna que le valga ni creciente que me demuestre que estaba amando al río como a una mujer... Qué pena, milonga, que no nos duela casi nada ahora, salvo la muerte del estudiante cuando se escapó aquel tiro ¿te acordás?... Qué pena que no nos dolían los nombres, el nombre de no se quién. Y ahora... ¿no te duelen de veras varios Fernández, varios fusilados, varios huesos partidos, los suicidios raros, el estudiante muerto de casualidad cuando se le escapó otro tiro al represivo?... No me toques el violín Becho, no bebas ese vino del negro milonguero, ni cantes con Manolo, la milonga madre nunca fue flamenca y el nene patudo no nació, lo mismo que está muerta para siempre la esperanza de amanecer entre lirios, hoy por hoy... El futuro está ahí nomás y sangra... nomás de entrada, está mal herido y putea, sangra y masca el freno como una gran bestia echada, pero inmortal... No hay con qué darle, ni con balas de cañón lo perforan para siempre... Como a tu canción, milonga, el hierro que lo vulnera pasa a través de su vida y se le clava en el hueso... Así entrará a la adolescencia: acorazado... Y no le canten milongas.
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