Free Nelson Mandela
-me dijo mi morena gozadora-
“¿no crees que ya iría siendo hora
de hacer un sacrificio por la causa?”.
Le dije, encendiendo un cigarrillo:
“El mundo se está hundiendo en la demencia,
y tú haciendo gala de inconsciencia
me pones entre el yunque y el martillo”
¡Free, Nelson Mandela set him... Free!
Después me reprochó por haber vuelto
cocido, tipo tres de la mañana;
de haberla despertado con mis ganas
de transgredir el sexto mandamiento.
Le dije: “Qui va piano va lontano,
la paz es solamente provisoria,
y no es por levantarme que la historia
va a amanecer un poco más temprano”.
Le dije que no hiciera una tormenta
en una simple copa de vinacho,
que no era por ponerme vivaracho,
que es duro de llegar a los cuarenta.
“Mañana tal vez no estaré contigo
y el mundo no será sino una ruina,
¿por qué no te lo tomas con andina
y vienes a pecar aquí conmigo?”.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.