Si te vas
arreglarme sin ti
que devoras mi hastío,
que desdoblas mi andar
para hacerme llegar
de la cama al delirio.
Quién te dijo, mujer,
que me puedes dejar
con el ansia de un preso.
Quién te dijo que puedes cruzar
la frontera de mi soledad
si bien sabes que sólo me alivia tu piel.
¡Ay! Tan sólo tu piel.
Si te vas mandaré mi canción a buscarte,
si te vas no habrá sitio que pueda escudarte,
si te vas, corazón, de mi nido a otra parte,
si te vas mi mañana se hará de extrañarte,
si te vas quédate escondida en mis pasos,
mi huerto y mi fe.
¡Ay! mi huerto y mi fe.
Quien te dijo que puedo
quedarme sin ti
de este lado del río,
sin tu malhumorar,
sin tu crisis de fe,
sin tu desvarío.
Quién te dijo, mujer,
que me puedes dejar
con el ansia de un ciego.
Quién te dijo que puedes cruzar
la frontera de mi soledad
si bien sabes que sólo me alivia tu piel.
¡Ay! Tan sólo tu piel.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.