Hasta mañana, soledad
mariposa de ala rota
atrapada entre las rosas.
Soledad, antigua soledad,
hoja seca en el estanque,
grito ahogado, escamoteado.
Soledad, fiel soledad,
parquecito silencioso
a las tres de la mañana.
Soledad, antigua soledad,
llámale llanto mudo,
puro, absurdo, acantilado.
Esta soledad cotidiana, cruel,
esta oscuridad ciega, de raíz,
Este ir y venir por calles sin fin,
esta despedida sin saber a quién,
este ventanal tan de par en par
hacia una ciudad que no existe en mí,
este invierno azul de un país sin sol,
este descontento sin razón ni fe.
Soledad, compañera soledad,
te odio hasta el mismo borde
del espanto.
Hasta mañana, soledad,
hasta el siglo que viene, soledad,
hasta ayer por la noche, soledad,
o hasta el próximo segundo, soledad.
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.