Josáh, la que pinta
y el ejército fue una cadena de descubrimientos.
No podía perderse un amanecer
pues la diana era antes que la claridad
y se hizo costumbre del día salir con el sol.
Supo cosas que sólo se aprenden así,
madrugando y mirando la hierba mojada,
y se hizo costumbre una forma distinta de ver.
Sucedió que, una noche, llegó al universo Josah,
como una aparición de figuras en el sentimiento.
Vino de la ciudad donde viven los magos
y llegó con el alma colgada en el cinto,
sin saber que un soldado en el pecho no tiene fusil.
Encantó, revolvió, disgregó los aplomos,
puso tiendas gitanas en todos los templos
y era sólo una niña jugando a persona mayor.
«Josáh, la que pinta, déjate ver»,
decía el soldado, decía el viento
y la naturaleza con lenguaje que aún se puede oír.
Sucedió que se hizo tristeza el semblante del tiempo,
cada día era un nudo gordiano sin pies ni cabeza.
Las mañanas dejaron de significar,
en más de una ocasión no se cumplió el deber,
cada pase era un Día de Reyes en el curso de un mes.
Todo era Josáh, que bailaba a la noche
una orgía pagana estallando en la piel,
todo era Josáh, la que pinta, bailando el amor.
Pero el mundo da vueltas y todo regresa a su cauce.
Ya no se era soldado, y Josáh, regresó a su país.
Él que era soldado regresó a carpintero,
a ingeniero de minas o a quizás boxeador,
aunque nunca regresa completo el soldado a su casa.
Entre días y ruidos se hallan recuerdos,
se revuelven gavetas, se sonríe al ver objetos,
como un tiempo que se ha repartido en papeles y fotos.
«Josáh, la que pinta, déjate ver»,
decía el soldado, decía el viento
y la naturaleza con lenguaje que aún se puede oír.
«Josáh, la que pinta, déjate ver,
déjate ver».
(1969)
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