Tiempo de reír
que mordimos nuestro trozo de manzana
yo tenía veintitrés y era joven y feliz
Nos quisimos y así fue
que pasamos del amor a la desgana
Sin querer y sin poder
tan ligero y tan sutil
Ya no sé si soy feliz
ella mira hacia su lado de la cama
me pregunto que hago aquí
si la vida ni comienza ni se acaba
poco queda que sentir
ya llovió lo que llovió
y ahora es tiempo de reír
para no decir adiós
no me quiero despedir
ya llovió lo que llovió
Nos quisimos y así fue
que la vida nos sedujo con sus trampas
Con las prisas de vivir
y alegrar el corazón
Nos quisimos y así fue
que aprendimos un lenguaje sin palabras
En la cárcel a morir
encerramos nuestro amor
Ya no sé si soy feliz
ella mira hacia su lado de la cama
Me pregunto que hago aquí
si la vida ni se enciende ni se apaga
Poco queda que sentir
ya llovió lo que llovió
Y ahora es tiempo de reír
y de decir adiós
No me quiero despedir
ya llovió lo que llovió
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.