Nuyol
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de Nuyol.
Existen montañas, lo sé.
Y anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido a ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en Nuyol
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar
afilando la navaja
o asesinar a los perros
en alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos,
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian agonías,
que borran los programas de la selva.
Y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Texto tomado del libro “Poeta en Nueva York” (1930).
En su versión Roy Brown omite un largo pasaje del poema original, modifica algunas palabras y cambia “New York” por “Nuyol”, que es como se le suele llamar la cuidad en Puerto Rico.
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