Marinero quiero madre
pero no de la sardina
que para morir de fame
ya me basto yo solina.
A las dos de la mañana
en tu puerta he de llamar
pa que te vengas conmigo
a la costa a navegar.
Sonaben campanes y oyóse cantar...
Que lleves en esa falda
que tantu vuelu le das
llevo roses y claveles
para el Cristo de Candás.
Adiós padre y adiós madre
que me voy para La Habana.
Tengo de volver a veros
si la muerte no me llama.
Cuando salí de la aldea
volví la cara llorando.
Adiós Asturias del alma
que lejos te vas quedando.
(1993)
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.