La calle es nuestra
de que escribamos la historia
nadie ha podido ni puede
sepultar nuestra memoria.
Armados hasta los dientes de razones
borrado hasta en las paredes nuestro nombre
recuperamos pasado golpe a golpe
que nadie encarcela el aire entre barrotes.
Ya no hay ni yugos ni flechas contra el hombre
hemos ganado la paz sin condiciones.
Si todos saben quién somos
porque vinimos de lejos
puesto que nada perdemos
el futuro será nuestro.
Estamos perdiendo el miedo a tantas cosas
se aprende la libertad viendo su forma
cada batalla ganada desde ahora
va reduciendo a cenizas su memoria.
Cantamos contra una paz de cementerios,
cantamos contra quien quiera someternos.
Alzado sobre los muertos
todo el coraje del pueblo
reconstruyendo banderas
desplegándolas al viento.
(1977)
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.