Llueve
de pocos watts.
Miro a la lluvia a punto de llegar
de un largo viaje feroz
que en la tierra bate sin cesar.
Llueve temprano desde en la mañana,
llueve y tal vez no deje de llover,
llovió en diciembre y me encuentro
que siempre estoy viendo llover.
La humedad tiende un hilo
que me lleva a otros momentos,
retumba el trueno y lo escucho venir,
en ocasiones distintas me siento
parecido a como me has hecho sentir.
Y el marco muestra un trozo del paisaje
de una ventana que invita a salir,
se disimula y se esconde un instante
y así te apareces y huyes tu de mi.
Si no te hubieras ido aquellas tardes,
aquellas tardes que no te encontré,
no me vendría esta sensación que es tarde ya,
para buscar en ti lo que no halle.
Y el viento agita apenas la cortina
y se calienta hasta el ventilador,
mi lengua explora en tus labios hambrientos
buscando un refresco para este calor.
Y llueve y llueve y llueve y llueve
y llueve más.
Llueve si vienes o te vas.
Será el amor, generador,
creando un estado
permanente de calor.
Y hallo en tu piel
tan poco de él,
considerado por mi mente,
asunto inconsistente del quizá.
Podría intentar contigo un trato,
que inventarías como acabar,
sigo enredado en tu hilo negro de contratos,
en donde eliges tu el final.
Esta ansiedad me hace lamer tu cuello,
hoy tu egoísmo solo escuchará,
voy acabar contigo nena y
con el sueño que nunca serás,
te voy a hacer de todo nena y
no te vuelvo a ver jamás.
Y llueve y llueve y llueve y llueve y
llueve y llueve…
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