Miel y vinagre
Cuando encuentro sosa la vida escuálida,
me la sazono con miel y vinagre.
Ahora y aquí, querer cantar es un vicio,
pero de los que dan poco placer y demasiado dolor.
Es como llevar un cilicio
clavado al corazón, a la voz y a la canción.
¡Pero me es igual! La palabra es mía,
digo lo que quiero cuando quiero y no soporto que me dicten.
Nunca me siento a la mesa
si me quieren hacer engullir bazofia y vino peleón.
Reivindicar el derecho a la discrepancia
no está bien visto cuando todos los lobos lanzan el mismo aullido.
Les puede parecer arrogancia
el más sencillo deseo de aprender a vivir solo.
¡Pero me es igual! Si lo que hago incomoda,
eso quiere decir que todavía sé apuntar. Y además, ¡caray!,
para no pasar de moda
lo mejor, señores, es no estar de moda nunca.
Que nunca me podré permitir ciertas cosas,
lo sé muy bien: contando billetes nunca me hiero los dedos,
ni los pies pisando rosas,
ni paso muchas noches precisamente en el Ritz.
¡Pero me es igual! Tengo la calle delante de mi puerta,
de cuando en cuando un cuerpo tierno y caliente a mi lado,
y nada me reconforta tanto
como llevar en mi zurrón el pan y la dignidad.
me la sazono con miel y vinagre.
Ahora y aquí, querer cantar es un vicio,
pero de los que dan poco placer y demasiado dolor.
Es como llevar un cilicio
clavado al corazón, a la voz y a la canción.
¡Pero me es igual! La palabra es mía,
digo lo que quiero cuando quiero y no soporto que me dicten.
Nunca me siento a la mesa
si me quieren hacer engullir bazofia y vino peleón.
Reivindicar el derecho a la discrepancia
no está bien visto cuando todos los lobos lanzan el mismo aullido.
Les puede parecer arrogancia
el más sencillo deseo de aprender a vivir solo.
¡Pero me es igual! Si lo que hago incomoda,
eso quiere decir que todavía sé apuntar. Y además, ¡caray!,
para no pasar de moda
lo mejor, señores, es no estar de moda nunca.
Que nunca me podré permitir ciertas cosas,
lo sé muy bien: contando billetes nunca me hiero los dedos,
ni los pies pisando rosas,
ni paso muchas noches precisamente en el Ritz.
¡Pero me es igual! Tengo la calle delante de mi puerta,
de cuando en cuando un cuerpo tierno y caliente a mi lado,
y nada me reconforta tanto
como llevar en mi zurrón el pan y la dignidad.
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