Fumaba solamente contigo
era una costumbre, era un ritual.
Cuando lo recuerdo, aprovecho
para evocar tu cuerpo moreno.
Tanto si lo quieres como si no,
todo el humo de la memoria
dibuja nuestra historia
con delicadas volutas,
un humo que ya se esfumó,
pero que aún irrita los ojos
y que nos planta delante nuestro
el antídoto contra el olvido.
Hace mucho tiempo, la nicotina
envolvía, maternal,
desde nuestros dolores de muelas
hasta la noche más cristalina
Y, en aquel tugurio del Barrio Gótico,
o fuera donde fuera nuestro escondite,
nos aislaba del bullicio
con su abrigo hipnótico.
Yo te ofrecía ternura
y tu me dabas tabaco,
hasta que me emborrachaba
con un mínimo de cerveza,
sabiendo que, solamente por el recodo
de tus labios, donde bebía,
me convertía por momentos
en un fumador pasivo.
Participaba ligeramente
de tu cáncer de pulmón,
que el sonido del encendedor
auguraba intermitente.
Y aquel “clic” tan especial
y el olor de bencina
me eran la mejor aspirina
cuando la vida me dolía.
Teniendo tu mano en una mano,
con la otra manipulaba
el cilindro, y desvariaba
creyendo filosofar.
E iban acumulándose
días y errores, años y engaños.
Creía que sabía abrir tus cerraduras,
pero eras tú quien guiaba la danza,
hasta la tarde en que me echaste
fuera de tu vida
con la indolencia aburrida
de quien vacía un cenicero.
No creas, no te miento si te digo
que hoy ningún obstáculo
me ha impedido entrar en un estanco
por primera vez en la vida,
imperioso como un jerarca,
no para comprar sellos
sino para comprar, en uno de mis arranques,
un paquete de aquella marca,
Al salir del metro Fontana,
de repente ha herido
el silencio de la noche
la queja del celofán.
He encendido un cigarrillo
para fumármelo en la esquina
donde solíamos citarnos
cuando giraba este planeta
Y, trenzados con el humo,
he ido absorbiendo tus ojos,
tu sonrisa, los rizos
de tus cabellos….
Y así he continuado, hasta
que con la última calada
te he podido notar entera,
abrasándome desde dentro.
He dejado caer entonces
la colilla al suelo húmedo,
y me he quedado pasmado
durante un minuto o dos horas,
mirando sin decir palabra
y con pinta de pardillo
cómo aquel punto rojo
agonizaba lentamente.
Y, antes de que se disolviera
la última hilacha de humo,
he creído ver cómo se me apagaba
para siempre el corazón.
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