Mi corazón, encaramado a un árbol
está esperando las lilas.
Llega el sol con espada
y gorra de capitán.
Cuatro halcones le sostienen
la capa de rosal.
El ruiseñor ha perdido
la carta de navegación
y dos amantes se reparten
el pañuelo de llorar.
Ni el sol ni la luna saben
por donde estarán las lilas.
Yo veo sus signos y presagios
escritos en mi dintel.
Y pasan los vientos contrarios
que han dormido en el cañizar,
torpes de tanta batalla
no piensan en las lilas.
Pasan calles y senderos.
No piensan en las lilas.
Son presa de la obsesión
de detenerse y llegar.
Desde mi invierno de hierro,
clavado a mi lecho,
mi alma os necesita,
¡oh, lilas, lilas, lilas!
(…)
Corazón, ya viene la primavera,
viene la alegría de las lilas,
ya puedes saltar de nuevo al suelo
y seguirme mientras silbas.
¡Esgrimo en alto las lilas!
¡Alegría, fábula de las lilas!
Campanas, fuentes. Luz atónita,
y el destino no es azar.
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Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.