La noria y la estrella
Pablo Neruda
Sucede que no me canso de ser hombre en la tierra,
ni de desenredar los cabellos de la luz pensativa
cuando vuelo, transparente, disfrazado de almendro.
Porque esto le pasa a aquel que, con insistentes manos puras,
le da cuerda al reloj de sol de su alma
y acompaña al viento de garbí, amigo de la amapola.
Sí, esto pasa, amigos, cuando el gran miedo se instala
en mi tiempo, como un cactus de agujas
y uno ha perdido un ojo en el zarzal del siglo.
Padre e hijo del instante, soy el juguete
que el destino manipula con sus dedos de hierro.
Ya es la hora en que los ríos de deshacen de memorias
y presentan sus pies en el establo del mar.
Esto pasa, esto pasa, amigos de agua florida
que defendéis mi estrofa de los perros geométricos
y alzáis los emblemas a ras de la hierba que murmulla.
¿Qué es este sonido lábil que llega a mis oídos
como caricia de los años, latrocinio del tiempo?
Canta la Noria, amigos, y chirría el eje negro
mientras los cangilones suben las imágenes del ser
hasta el consuelo de la noche de ojos llenos de luna tierna.
¡Oh, plácida noche que me transformas la angustia
en una dulce alegría que no sabe su nombre!
Porque esto pasa, amigos y compañía,
esto pasa, lo sabéis, viene el sonido de maravilla
y una infancia se alza, en una noche azul y única,
una noche entre todas las noches de villano
y de trenzas férreas.
Oh, noche aterradora de agonía y presencias,
noche de negros presagios y de secretos murmullos,
dentro del círculo donde yo soy el tozudo agonista
que lucha por salvar la alta flor de la vida;
noche de garfio y de bálsamo, oh pastora de los ciclos
que mecen el mundo en el corazón del retorno;
noche de nuevas estrellas, del coraje y del símbolo.
Y constelaciones mías en un cielo sin tiempo. Mío.
Resplandecen numerosas en el valle del dolor:
la Peonza, la Honda, el Girasol,
el Sable, el Camino del Exilio, Anna, la Golondrina y la Lágrima.
Las mandíbulas de oro del sol devoran el alba.
Canta la alondra ardiente. Calla la Noria.
Ahora hay que decir la Estrella,
porque, sí, a pesar de todo, sucede que no me canso
de ser hombre en la tierra,
sucede que no me canso de florecer mientras vuelo
ni de labrar las alas de la tierra inefable,
cuando la sonrisa del cielo baja al corazón de los humanos
y vuelo, transparente, disfrazado de almendro.
Oh, Estrella ya nacida
en mis puros ojos de niño
que habían perseguido
el nocturno gallo de hierro…
Oh, Estrella palpitante,
Bella Durmiente del cielo
que alejaba temores
de frías diademas,
Estrella una y mil,
la misma y diversa,
la Estrella que salía
a recibir al otoño
de cara de pan con aceite
y que cada día escala
la frente de la Esperanza.
Y la Estrella del Ser,
la siempreviva eterna,
la luz que llora y canta
las transformaciones.
Sucede que no me canso de ser hombre en la tierra,
si me dejo bautizar por el olor de las panaderías
y por el aire dorado del perfil de la mañana,
si vuelo con alas nuevas –transparente de vosotros-
disfrazado de almendro.
Lejos, me siguen aves que perdieron sus sombras.
Las montañas rapsódicas alzan su blanco adagio...
Pierdo flor en el vértigo del vuelo. Caigo. Las raíces saben.
A cada flor que se desprende, pesa y sufre la almendra.
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