La pandemia universal
Es más devastador que el ébola y la sida,
tan contagioso y democrático como la gripe.
Infatigable y malnacido más allá de toda medida,
se lo lleva todo por delante y nunca queda harto.
Escurridizo como una serpiente, su astucia
deja al zorro en ridículo. Es resistente
al sol del Sahara y al frío intenso de Rusia
y ninguna vacuna puede acabar con él.
Es el temible virus de la estupidez,
una hidra de mil cabezas, un monstruo aterrador,
una marea negra inmensamente extendida,
una gangrena que no admite amputación.
No le importan sexo, naciones, colores ni clases,
infecta a jóvenes y ancianos por un igual,
y, haciéndose suyos a los individuos y a las masas,
desencadena una pandemia, una pandemia universal.
2
La estupidez no excluye la inteligencia:
la coloniza y la erosiona desde dentro,
y la deforma lentamente, con paciencia,
y la utiliza para conseguir sus fines.
También se disfraza a menudo hábilmente
hasta que acaban confundiéndola con la verdad
los pontificadores ex-cátedra, una raza
que eructa tópicos con plena autoridad.
La estupidez también puede adoptar la forma
de tradiciones y creencias, del Mercado
cuando engulle revueltas con su boca enorme
y regurgita modas y banalidad.
De ella derivan prejuicios, fanatismos,
los celos –hijos de un orgullo enfermo-,
la crueldad, el culto al número, los dogmatismos,
todo lo que activa una pandemia, una pandemia universal.
3
Nadie puede huir de ella, nadie es inmune.
Todos la tenemos en un estado latente o activo.
Se nos puede manifestar hoy, mañana o dentro
de una semana, en invierno o en verano.
Tenemos que escucharnos al hablar, y detectarla
en una etapa embrionaria. Poco después
ya será tarde, demasiado tarde para intentar extirparla:
el estúpido nunca reconocerá que lo es.
La puedes combatir y hacerle daño con la ironía,
con unas líneas de Voltaire y, sobre todo,
dudando continuamente, cuestionando día tras día
tus convicciones y el uso de cada palabra.
Pero la lucha durará toda la vida,
y se hace difícil resistirse hasta el final
a la tentación de abandonarte a la embestida
y mezclarte con los que esparcen la pandemia universal.
La cantante mallorquina ofreció en el Palau de la Música de Barcelona, dentro del festival Guitar Bcn, un concierto de intensidad creciente en el que L’aigua no cansa, su nuevo disco, se convirtió en el auténtico centro del repertorio. Arropada por una banda de músicos extraordinaria, Maria del Mar Bonet volvió a demostrar que, cerca de cumplir sesenta años sobre los escenarios y los ochenta de vida, sigue instalada en un momento creativo y vocal fuera de lo común.
Pasión Vega presenta en concierto su nuevo disco Pasión Almodóvar con una selección de canciones que forman parte del universo cinematográfico del director manchego Pedro Almodóvar.
En Barcelona tenemos la suerte de poder disfrutar de una cada vez más numerosa comunidad de artistas argentinos que habitan la ciudad y que enriquecen nuestra vida cultural. Con pocos días de diferencia tres de ellos han presentado sus respectivos trabajos discográficos en diversos espacios: en una librería abierta a la música, en la sede de un extraordinario refugio asociativo de Sants y en el auditorio de una biblioteca histórica.
El veracruzano Rafa Mesa, desde 2018 en su alter ego artístico Pehuenche, se presentó en formato quinteto en Barcelona dentro de su primera gira europea que le ha llevado a Londres, Copenhague, a varios escenarios de Barcelona y finalmente Madrid.
No es fácil sobresalir entre la vorágine de propuestas que luchan por conquistar un espacio en el disputado hábitat sonoro. Muy lejos de esa competición se encuentra Azimut, el nuevo trabajo de Joan Isaac junto a Eduard Iniesta, que se instala en otro ecosistema creativo.