La pandemia universal
Es más devastador que el ébola y la sida,
tan contagioso y democrático como la gripe.
Infatigable y malnacido más allá de toda medida,
se lo lleva todo por delante y nunca queda harto.
Escurridizo como una serpiente, su astucia
deja al zorro en ridículo. Es resistente
al sol del Sahara y al frío intenso de Rusia
y ninguna vacuna puede acabar con él.
Es el temible virus de la estupidez,
una hidra de mil cabezas, un monstruo aterrador,
una marea negra inmensamente extendida,
una gangrena que no admite amputación.
No le importan sexo, naciones, colores ni clases,
infecta a jóvenes y ancianos por un igual,
y, haciéndose suyos a los individuos y a las masas,
desencadena una pandemia, una pandemia universal.
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La estupidez no excluye la inteligencia:
la coloniza y la erosiona desde dentro,
y la deforma lentamente, con paciencia,
y la utiliza para conseguir sus fines.
También se disfraza a menudo hábilmente
hasta que acaban confundiéndola con la verdad
los pontificadores ex-cátedra, una raza
que eructa tópicos con plena autoridad.
La estupidez también puede adoptar la forma
de tradiciones y creencias, del Mercado
cuando engulle revueltas con su boca enorme
y regurgita modas y banalidad.
De ella derivan prejuicios, fanatismos,
los celos –hijos de un orgullo enfermo-,
la crueldad, el culto al número, los dogmatismos,
todo lo que activa una pandemia, una pandemia universal.
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Nadie puede huir de ella, nadie es inmune.
Todos la tenemos en un estado latente o activo.
Se nos puede manifestar hoy, mañana o dentro
de una semana, en invierno o en verano.
Tenemos que escucharnos al hablar, y detectarla
en una etapa embrionaria. Poco después
ya será tarde, demasiado tarde para intentar extirparla:
el estúpido nunca reconocerá que lo es.
La puedes combatir y hacerle daño con la ironía,
con unas líneas de Voltaire y, sobre todo,
dudando continuamente, cuestionando día tras día
tus convicciones y el uso de cada palabra.
Pero la lucha durará toda la vida,
y se hace difícil resistirse hasta el final
a la tentación de abandonarte a la embestida
y mezclarte con los que esparcen la pandemia universal.
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